By Mar Serna, Lun, 12/30/2019 - 15:38

La Dra. Tamsin Edwards es climatóloga del King’s College de Londres. Es una de las autoras principales del próximo informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), que será publicado en 2021.

Su trabajo se centra en cómo de seguras pueden ser las predicciones de los modelos sobre cambio climático, particularmente en lo referente a la contribución de las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida al aumento del nivel del mar.

Tamsin es asesora del Gobierno de Reino Unido en lo referente al aumento del nivel del mar, ciencia climática y comunicación científica, y participa como experta en medios nacionales e internacionales.

Ha recibido premios por su faceta como comunicadora, a través de Twitter (@flimsin) y diversos artículos en The Guardian. En el siguiente artículo, publicado en su blog “All models are wrong” y escrito dos semanas después de finalizar su tratamiento de quimioterapia, establece el paralelismo entre el afrontamiento de un cáncer de colon y la emergencia climática, con sus terribles certezas y sus aún más terribles incertidumbres.

Traducción por Patricia Oliván del siguiente artículo: https://blogs.plos.org/models/a-cure-for-climate-change/ por la Dra. Tamsin Edwards.


“El cáncer colorectal tiene cura”, dijo el cirujano de ojos oscuros y amables. Era una cantidad conocida, con un diagnóstico claro a partir de la tomografía computerizada (una obstrucción bloqueando el flujo, demasiadas células en el lugar equivocado, demasiado de algo bueno) y un tratamiento claro. No estaban todavía seguros de cómo de grave sería: tendría que esperar a otra TC de mis pulmones más tarde y una biopsia que me harían al día siguiente. Pero parecía que la suerte estaba de mi parte. El 12 de Febrero de 2010, sobre las 5pm, mi historia había cambiado.

Mi trabajo como climatóloga se basa en la probabilidad y el riesgo. Predecir el valor más probable de aumento del nivel del mar al final de siglo. Valorar la probabilidad de que la capa de hielo de la Antártida se desintegre lo suficiente como para embarcarse en un camino hacia su pérdida imparable. Intentar ayudar a la gente a entender el riesgo de inundación, de sucesos que suceden una vez cada 100 años, los periodos de tiempo en los que el peligro puede volver. ¿Cómo podemos esperar que el público confíe en nuestro trabajo si hablamos en términos de “rangos de probabilidad”, “incertidumbres” y “desconocidos”? ¿Cómo podemos pedir a nadie que intercambie un riesgo incierto (el cambio climático) por otro seguro, el cambio en su forma de vida?

Ahora veo las probabilidades de forma clara. Mi oncólogo me explica mi pronóstico antes de que empiece a tomar los medicamentos tóxicos. Busco explicaciones, detalles, conclusiones concretas en artículos de revistas, presentaciones de conferencias y blogs. Trato de encontrar un porcentaje extra de seguridad y certeza, otro, otro más. ¿A lo mejor tengo más probabilidades porque soy joven? ¿Porque es sólo un ganglio linfático, y no dos o tres? ¿Qué nivel de riesgo me parecería tolerablemente seguro, cuál me aterraría? Leo y malinterpreto estadísticas, entro en pánico y después me siento segura, un día lloro y al siguiente estoy eufórica por habérsela jugado a la muerte; la mayor parte de la gente no tiene un tumor tan convenientemente obstructivo, uno que les enferma lo suficiente como para ir al médico antes de que sea demasiado tarde.

Pongo en una balanza un riesgo incierto (la metástasis) con otro seguro: neuropatía periférica. Mi caldo químico particular es FOLFOX: una infusión proveniente de una bomba que pita cada vez que requiere atención, seguida de un contenedor del tamaño de una botella de leche lleno de un líquido citotóxico claro, y fijado a un implante en mi pecho durante dos noches y dos días. Me dicen que OX hace referencia a una medicación que casi seguro dañará los nervios de los dedos de mis pies y manos, posiblemente para siempre, aumentando la probabilidad con cada dosis, añadiendo más efectos secundarios con cada actuación. Comienzo el protocolo pensando que me someteré a las 12 dosis de OX, que aceptaré cada hormigueo y cada punzada, cada entumecimiento de origen neuropático, a cambio de una probabilidad de 1% o 0,1% de llegar a vieja. Después de 9 ciclos, estoy llorando en la clínica, y el amable profesor detiene la dosis. Sin embargo, continúa empeorando. Siento los pies como revestidos de arena húmeda cuando llevo los zapatos. Estirar el brazo me produce calambres en las manos y los antebrazos, como un superhéroe mal cableado. El agua del grifo me hace estremecerme de dolor, y después siento la toalla como roca áspera. Le pido a la gente que me ayuden a rebuscar en el fondo de mis bolsos, a atarme los cordones, a abrir botellas con tapas duras. Llevo guantes para dormir y para escribir en el ordenador, y me pregunto si debería haber parado un ciclo antes. Si mi pacto con el diablo para salvarme ha merecido la pena. Sé que las políticas climáticas están diseñadas para mejorar las vidas, no para empeorarlas, pero ahora entiendo mejor el miedo de la gente. Un riesgo por otro. Lo conocido por lo desconocido. En la historia de los Hermanos Grimm “La tumba”, al diablo se le conoce como “el carbonero”.

Los gases de efecto invernadero están obstruyendo el flujo de calor de la tierra, permitiendo que los atraviese cada vez menos radiación, como el círculo cada vez más cerrado de mi tumor. Pero sin ellos no habría vida en la tierra. Como el calor de la hoguera, los gases de efecto invernadero nos mantienen en la fría noche del universo. El actual es un problema de equilibrio: demasiado de algo bueno.

Las probabilidades del cáncer y del cambio climático revolotean por mi cabeza por la noche como mosquitos. Si llevamos a cabo las reducciones más fuertes de GEI que podamos imaginar, tenemos solo un 66% de probabilidad, de lograr los objetivos del Acuerdo de París. Y el único modo de hacer esto que se nos ocurre es convertir grandes superficies de cultivo en combustible.

Ahora, con mi experiencia, acepto riesgos sin prudencia alguna. Participo en un ensayo clínico, tomando una aspirina para ver si se prolonga el período antes de que vuelva el peligro. Para reducir la probabilidad de una pérdida imparable. Hay una posibilidad entre tres de que me toque la aspirina y no el placebo. Quizá podría simplemente comprar yo misma la aspirina. O enterrar la cabeza en la arena. Pero en vez de eso, elijo tirar los dados: por la ciencia, y por aquellos que vendrán detrás de mi.

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